A mi abuela que ya descansa. Mi abuelo se la llevó.

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La última vez que vi a mi abuela, el alma se me encogió. La encontré inmersa en una crisis de ansiedad, repitiendo una y otra vez “Yo no sé”.

Cuando me atreví a preguntar “¿qué quieres saber?”, me explicó que esperaba que su esposo bajara las escaleras para acompañarla. Luego levantó los brazos en una muestra de súplica y repitió:

-Yo no sé.

Tomé su mano, la apreté fuerte, y juntas emprendimos un camino de recuerdos. Hablamos de sus hijos, de sus nietos, de los viajes que hizo con mi abuelo y de su enorme vocación a Dios.

Me atreví a señalar “yo soy la más bonita de tus nietas”, y ella me reprendió casi de inmediato:

-Todas mis nietas son bonitas –su semblante endureció.

En ese instante recordé quién era realmente mi abuela, y supe olvidarme de la mujer vieja y confundida que se encontraba frente a mí.

Hubo momentos que marcaron mi vida de forma importante.

El primer recuerdo que tengo de ella está en una máquina de escribir; todavía puedo escucharla tecleando su tesis para titularse. Habrá tenido entonces pocos años más de los que tengo hoy. Mi abuela; la primera mujer Licenciada en Teología.

A un lado de su cama guardaba una libreta donde anotaba poemas que me esforzaba en descifrar porque no era fácil entender su letra, y cuando por fin la deducía los leía en voz alta una y otra vez. Yo quería esa libreta y también quería escribir, como mi abuela.

Años después, cuando sufrí un episodio difícil ella estuvo conmigo, habló conmigo, me dijo “Tienes que ser una mujer fuerte”.

Mi abuela y yo compartimos una complicidad absoluta, porque bajo nuestra fortaleza se ocultó siempre un demonio inseparable e insoportable también; la ansiedad, el peor de los miedos, el miedo a no saber. Ella supo entregar su angustia a Dios y aprendió a confiar. Su vida era mi ejemplo. Soñaba con ser valiente como ella, hasta que se hizo vieja y los años le arrebataron la certidumbre.

Se fue repitiéndose a sí misma, “Yo no sé”.

-Yo sí sé, abuela –hablé fuerte-. Yo sé quién eres.

Volvieron las memorias, compartimos un rato de cariño, me llenó de besos, nos abrazamos y más tarde dijimos adiós.

Adoré a mi abuela. Fuimos dos gotas de agua en un caudal de experiencias. Con ella aprendí a aceptarme como soy.

Por todo el amor que me diste… Hoy te digo gracias, Abuela.