El abandono deja otras marcas y muchas más heridas.

Los afectos juguetean vertiginosos; se recrean constantes en la ardua intención de vivir. Lastiman, cuando nos dejan. Una parte nuestra rompe en mil pedazos que se esparcen y, ¿luego? Nos vaciamos en un dolor difícil de pronunciar. Estamos, sin querer estar. Repasamos los momentos compartidos -recuerdos acampados en emociones ocultas-, acuartelados, establecidos, porque las sensaciones tienen esa máxima: Permanecer, con el propósito de recapitular. Cuántas vivencias soterradas por la aflicción que nos provoca la nostalgia: un universo se dosifica conforme a cada pérdida. Los duelos se vuelven insoportables. Duele, en el anhelo de querer olvidar.

Conmemoro los días que despierto escuchando el eco en voces añejas. Perpetúo cada huella cimbrada en las aficiones que se conllevan. Y lamento los suspiros que faltaron, el desconsuelo, la distancia que se erige inevitable en cada repaso cuando la vida sigue y yo permanezco, y mis afectos juguetean atropellados.

Son tantas las querencias fenecidas; el vacío acentúa en el quebranto, los lastres pactan, las sensaciones ajustan, y el abandono deja otras marcas y muchas más heridas.

Sigo porque la vida sigue, a pesar de que algunos ya no estén conmigo.

Y duele, en el absurdo de querer olvidar.

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