septiembre 27, 2017

El lado obscuro de nuestra Solidaridad: La gran ausencia.

Yo veo un México convencido de que ésta es la hora de las respuestas; un México que exige soluciones. Los problemas que enfrentamos los podemos superar. […]”

Luis Donaldo Colosio M.

 

Confieso que sentí terror cuando descubrí que el lugar al que habíamos llegado no era un albergue para damnificados del sismo. La trabajadora social debe haber percibido mi vacilación porque de inmediato se acercó para invitarme a entrar.

-Estoy esperando al resto del grupo.

Era cierto, aguardaba al resto de mi equipo.

El día anterior Alejandro Sánchez, colaborador del periódico Heraldo, lanzó una convocatoria pidiendo voluntarios para trabajar con niños víctimas del terremoto. La propuesta fue tendencia en redes sociales. Cientos de personas respondieron ofreciendo su apoyo.

Alejandro nos citó en un punto céntrico de la ciudad para organizar grupos de acuerdo a nuestras diferentes habilidades. Al aviso acudimos no más de quince, por lo que decidimos quedarnos juntos y dar inicio a la que ha sido una de las experiencias más contradictorias en mi vida. Les cuento…

Nos esperaban en la delegación a las diez de la mañana, o cuando menos eso creo porque entramos rápido y sin problema. El auditorio contaba con cientos de colchones y muchos carecían de propietario. Los camarógrafos tropezaban con el flujo de la gente. A uno de los reporteros se le veía desesperado buscando historias. Y digo que se le veía desesperado porque no había muchas historias que contar. Lo que sí es digno de contar fue la comida: una cantidad absurda de alimentos que se echarían a perder más tarde. Todos comimos, eso sí, comieron los reporteros, los voluntarios y los tantos jóvenes becarios de la Institución. Unos minutos después nos desalojaron con la excusa de fumigar y fuimos a las canchas. Ahí estaban los niños, lamentablemente confiscados por la misma Institución. Un grupo de mujeres del buen vestir los llevaban y traían a sus anchas, siempre bajo la lupa de las cámaras. Cuando nos permitieron nuevamente la entrada, todo estaba más recogido. Los músicos del INBA daban concierto y llegaban montones de adultos disfrazados de payaso que, a falta de niños, también nos daban show. Yo, sentada en uno de estos colchones -con ganas de echarme a dormir- sentí la manita de una niña cogiendo la mía. Le pregunté cómo se llamaba y respondió “baño”. ¿Quieres ir al baño? “Sí, pero con ella no”. La pobre chiquita, víctima de una señora del buen vestir, estaba hasta la madre. Todos estábamos hasta la madre. Bueno no todos, pero yo sí.

En un santiamén callaron los cantadores y calló la banda. El salón se llenó de más cámaras. Entró una señora vestida de rosa pastel -muy bien peinada-, las bocinas sonaron a todo y los payasos bailaron al ritmo de hip hop y yo –oportuna de mí-, externé un “ahora resulta que aquí en el albergue se la pasa uno bien chingón” y claro, al tiempo que expresaba mi enojo bailé también y ¿por qué no? Se me dejó venir la cámara; me tapé la cara en señal de enojo, les dije que estaba burlándome de ellos y los escuché decir “sigue bailando, así, así, así”. Y así yo, encabronada.

Llegó la hora de cambiar escenarios. Cuando salíamos eché una última mirada al cuarto y me encontré con tres sonrisas chimuelas. Desconozco el por qué.

Partimos al otro albergue, a donde nadie había ido ese día.

De nuestro grupo quedábamos seis, Alejandro, su primo universitario y tres reconocidos actores a los que hoy admiro profundamente.

Llegamos a una casa en el centro de la Condesa. Leí “Casa de niños con enfermedades terminales” y sí, admito, me dio terror. Una trabajadora social salió a recibirme. Yo esperaba al resto del grupo, hasta que no pude esperar.

-No te vayas. Aquí también necesitamos ayuda. Tenemos un niño “cristal”, así le decimos porque con que tantito se caiga se le rompen los huesos. Tenemos otro con leucemia y uno con cáncer. Un bebé que nació malito. El padre Arturo nos manda juguetes todas las semanas, es un señor muy importante en la comunidad. Ahí en las fotos, ¿ves a ese joven? Viene desde que tiene tres meses, es que aquí recibimos a la gente de fuera, toman sus quimios o sus consultas o vienen por medicamentos y luego se van. Les damos cama, comida y baño. Tenemos dos secciones, una para mamás y otra para los padres. Mira, te presento al papá del joven con parálisis, él se llama Augusto y su mujer lo abandonó. Es el niño que te digo que viene desde que tiene tres meses, no lo alcanzaron a operar porque no tenían espacio, ahorita ya va a cumplir doce años, su papá lo trae de Taxco y se viene con plata para vender. A veces se están aquí hasta seis meses. No sabemos cuánto va a durar el niño pero cada día pesa más y mira, pregúntale a Augusto, son tantos años que ya hasta se entienden. Ven, entra, acá está el niño que te digo que tiene leucemia y estamos muy contentos porque ya le salió pelito, mira, tócalo. ¿Quieres un recorrido? Es que con todo esto del temblor, la gente se confunde y cree que tenemos a los damnificados pero no, yo no quiero engañarte.

Entramos, leí un cuento a los niños y mis nuevos amigos actores nos trasladaron con lindas historias a la época de la radio-novela. Ese tiempo cuando no sufríamos la violencia que vivimos hoy. Entonces sí, contemplé cada una de estas caritas, incluyendo la de los padres que reían y platicaban con nosotros, pero lo más importante fue el recordatorio de nuestra gran ausencia.

Hoy iluminamos al mundo entero embebidos en solidaridad y me pregunto, ¿ya nos olvidamos de nuestro propio desastre? No nos engañemos. Qué ésta sea una lección de cuánto podemos aportar, sin la necesidad de acaparar los reflectores.

Concienticemos, y sigamos haciendo cadena.

#FuerzaMéxico

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