agosto 10, 2016

“Yo amo México, y eso no tiene remedio”, por Manuel Pérez-Petit.

Manuel

Un texto que escuché en voz del escritor sevillano, Manuel Pérez-Petit. Hoy, tengo la fortuna de compartirlo con ustedes:

México ha sido y es determinante en mi vida.

No por ser un país más surrealista que las obras de los surrealistas –frase que se atribuye a Breton o a Dalí o a quién sabe quien, pero que existe–, no por ser la tierra de Pedro Páramo –en la que están todos muertos pese a lo cual viven para siempre– o de Julián Carrillo, el descubridor del sonido 13 – aún no descubierto por la mayoría, pero que demuestra que aquí son posibles las cosas imposibles–.

Tampoco por ser la tierra en que todo tiene lugar sin medida, ni por ser la de Los olvidados de Luis Buñuel, la que inspiró a Oscar Lewis a escribir Los hijos de Sánchez, a John Steinbeck Tierra Atormentada, a Graham Greene El poder y la gloria, a Malcolm Lowry Bajo el volcán, a Luis Cernuda muchos de sus poemas y Variaciones sobre tema mexicano…

Tampoco porque sea ininteligible, que lo es.

México es inmaterial, inconcreto, un milagro único y pavoroso incomparable, una realidad metafísica que va mucho más allá de la peculiaridad de su nombre, sus fronteras y sus gentes, siendo en realidad sus gentes muchos más que los que han nacido aquí.

México es una metáfora de aristas y dimensiones incontables, un paradigma de la memoria, los recuerdos y los olvidos, de los encuentros y los hallazgos, y también de los desencuentros y las contradicciones. El lugar único en que no hay exceso que no tenga sentido, una sensualidad que nace de la tierra y una abanico de colores inaudito que al final llega al negro con el pasmo. Un mito de carne en que la muerte es en realidad un amor desmedido. México es el Edén, con todo lo que el Edén tiene de gozo y fatalismo.

En México radica, por si fuera poco, la Universidad Nacional Autónoma de México.

En México tienen categoría gastronómica los tacos de la muerte lenta.

Éste es el México que llevó a Octavio Paz a decir: “La indiferencia del mexicano ante la muerte se nutre de su indiferencia ante la vida”.

Y si bien es cierto que los defeños tienen características propias, ninguna de ellas los diferencian pese a las apariencias del resto de los mexicanos, al fin y al cabo el D.F. –hoy CDMX, cuyo gentilicio desconozco, pero que debe ser horrible– fue creado por aluviones de gentes de todas partes…, que fueron capaces de construir un ente universal, que no cosmopolita, pues si el cosmopolita es de todas partes y sin embargo de ninguna, en el universal el mundo ahonda tanto en lo suyo que llega al lugar en que fluye lo que de común, entrañable y permanente tenemos todos. Y en esto radica la potencia telúrica de esta ciudad, mucho más allá de su extensión y sus datos demográficos y económicos.

Así, todo el México posible se hinca y nace de la tierra y en la Lupe, incluso en las aristas más ateas y descreídas que puedan existir, pues la Lupe es compatible con la negación de Dios, en una suerte de alquimia diferente y misteriosa, única, que hace de esta tierra, forjada en el horno del amor, del agua y de la sangre, una tierra prometida, y no sólo para los mexicas…

Y por esta razón no es de extrañar que Ramón María del Valle-Inclán dijera: “En México está [también] la esencia más pura de España”. Y por eso quizá tenga sentido que yo, un español apenas adaptado pueda estar aquí, lleno de humildad y gratitud. En este México universal cuya ciudad bandera nos recibe como el mascarón de proa de la vida más potente que pueda uno imaginarse.

No diré hoy aquella frase de Francisco Villa (“¡Viva México, cabrones!”), que incorporé a mi poema “Dolor de México”, publicado de forma maravillosa por mi entrañable Federico Corral Vallejo en su Tintanueva Ediciones hace ahora como tres años, y no lo haré tampoco por respeto a la patria a la que amo y que no es otra sino ésta en la que vivo, la tierra por la que ando y el dolor que siento, que es un dolor que nadie siente, como escribí en ese mismo poema.

Ojalá algún día pueda yo llegar a reintegrar a México lo mucho que me ha dado y me da. Lo que aún me dará, y no es cuestión de merecimientos, ande yo por los lares por los que ande.

Yo amo México, y eso no tiene remedio. Es más, tampoco deseo que lo tenga.

Lucho por perdonar mis torpezas en la vida, y con eso debería bastarme, pues no son pocas, pero no me basta, porque creo en los milagros, en que la vida es un continuo creer, crecer y crear.

Y por eso aún más creo, y creo profundamente, en México, que ha vivido, vive y vivirá en mí por y para siempre.

¡Seáis todos bienvenidos a esta fiesta de la palabra!

¡Viva México!

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