Magdalena, la mujer de los ojos tristes.

Todas las noches haces el mismo recorrido y no llegas a ninguna parte, tus llantas están gastadas y el motor que te da vida se ha hecho viejo. Durante años has transitado las mismas calles, siempre en círculos, y en espera de que alguna eventualidad te distraiga de esta peregrinación. Te dices guardián pero distas de ser vigilante: no estás alerta, patrullas sin cuidado y con desinterés. Te gustaría conversar con algún paseante, pedirle que tome en sus manos las riendas y cambie el rumbo.

Es noche de plenilunio. A Magdalena, la mujer de la calle Cuatro, le gusta mirar la ciudad bajo este halo de luz. Anda al balcón con una copa de vino en su mano y pone los ojos en una pareja joven. Se pregunta cuánto hace que está sola y no comparte su vino. Levanta la mirada y dibuja con el índice el contorno de la luna. Hace un círculo perfecto.

Las terrazas en los bares se atestan de un público encandilado; embriagado de fulgor. Magdalena percibe el centelleo en la ciudad y la melancolía desaparece poco a poco. Toma un sorbo de vino y suspira.

A ti, en cambio, la luz no te llega. Quieres tenerla pero no puedes, eres Señor de la oscuridad; noctámbulo errante. Enciendes los faros y descubres con pesar que no los necesitas. Inicias el recorrido.

Vas lentamente sobre el empedrado que no te permite acelerar. La velocidad siempre es la misma; la ruta, invariablemente, igual: patrullas Niza, Trivento, Plaza y, por último, la calle Cuatro. Cuentas los edificios, las casas, los topes; calculas el número de personas que habitan cada avenida; imaginas diferentes los colores, los hoteles, restaurantes y bares… pero nunca cambia nada.

Esta noche la ciudad está encendida; te es fácil ver a los que se encuentran en el camino. Una mujer de edad avanzada quiere cruzar Niza, una pareja riñe hasta liarse a golpes, dos felinos se precipitan a las cubiertas de otros autos. Por fin llegas a Trivento, cansado de tantos traspiés, y sigues tu recorrido.

Trivento es una calle de comercios. A esta hora las tiendas han cerrado. No hay movimiento. Avanzas un poco más rápido porque el pavimento es liso y te permite acelerar. Plaza, en cambio, es una angosta avenida atiborrada de baches y con poca luz, en donde conducir de noche se hace particularmente difícil. Ni qué decir de la calle Cuatro, vulgarmente conocida como la Calle del Alboroto: siempre llena de forasteros nocturnos buscando animación. Es en esta calle donde vive Magdalena, la mujer de los ojos tristes que mira la luna desde la terraza.

Magdalena cuenta las estrellas; la Osa Mayor es su favorita. Cierra los ojos por un instante y pide un deseo. Una vez más, siente cómo la nostalgia la invade y bebe otro sorbo de vino. Quiere recuperarse, quiere pensar que no está sola, poder regresar en el tiempo y dejar de mirar atrás. Magdalena está cansada de vivir entre recuerdos, así que cierra los ojos y ruega a la Osa Mayor que le diga cómo olvidar.

Tú, noctámbulo errante, te adentras lentamente en la Calle del Alboroto. Estás llegando a tu destino como haces cada noche cuando caen las primeras luces de la mañana, pero el resplandor de la luna no te deja reconocer el alba, y te encuentras desorientado y aturdido. Una copa de cristal cae del balcón que está frente a ti y se rompe cuando choca con el piso. Te detienes rápidamente; nunca antes te habías detenido en la calle Cuatro.

Está amaneciendo, la ciudad se aclara todavía más. Magdalena se acerca a la baranda para observar la copa despedazada y te descubre. Se pregunta por qué estacionaste con el motor en marcha. Levanta los ojos mas no ve a la Osa Mayor, sólo la luna dispersando sus últimos destellos. Sale de su apartamento y baja las escaleras que dan a la calle. Se acerca despacio, abre la portezuela -te refrescas con el aire húmedo de la mañana-, ella entra, pone una mano en el volante -la sientes atrevida-, cambia la velocidad, quita los frenos y despega.

Transitan la calle Cuatro, cruzan Niza y, por el espejo retrovisor, Magdalena alcanza a ver cómo desaparecen todos esos restaurantes que tantas veces patrullaste.

Han pasado cuatro horas, Magdalena mira de reojo la aguja que marca el nivel de gasolina y ve que no desciende. Se pregunta entonces cuántos días, cuánto trayecto para dejar a un lado los recuerdos.

La escuchas murmurar: “suficiente”. La escuchas sonreír. Tu destino cambia; ya no te pertenece.

 

*Publicado en “Entre mundos”.