Por Jaya Torenberg

Inés Récamier y yo nos encontramos por primera vez y, por azar, hace tiempo, en el taller de escritura que dirige Beatriz Graf. Desde entonces comparto con ella la misma pasión: escribir.

Nos gusta jugar con las palabras en un espacio que nos proporciona libertad para crear y penetrar en un ámbito de quimeras, y nos reta a buscar espejismos para satisfacer nuestros sueños. ¡Ay, los sueños! Nos gusta soñar, divagar por el inconsciente; mientras nuestra mente desvaría en ese espacio -la literatura-, se sumergen y aglutinan situaciones, se reúnen imágenes insólitas, desgreñadas, imposibles y absurdas, que no suceden más que en nuestra memoria; se conservan en nuestro cerebro y éste las mantiene vivas, sin permitir que nos fuguemos de nosotras mismas.

Escribimos porque los problemas de la vida se aposentan, al igual que las moscas insisten en regresar a nuestro pan. Escribir es ausentarse con palabras a otros mundos, es el deseo oculto de no querer crecer, de seguir protegidas por siempre y evitar vicisitudes. El propósito es buscar la autoconciencia: un don supremo, un tesoro tan preciado como la vida.

Inés, en su libro “Entre mundos”, nos conduce y adentra con enjundia en un cosmos del que nos hace partícipes. Nos sumerge por fuerza en su remolino, en un ir y venir, en la magia de la cibernética de ese mundo nuevo, tecnológico, que también nos pertenece.

En su narrativa surgen, por ratos, indistintamente -a veces largos, a veces breves-, la intriga, el dolor, la necesidad de amar, de poseer lo imposible, de comprar y vender lo que no existe.

El torbellino de sus personajes es de todos tamaños, asignaciones, colores y edades, y conviven con formas fantasmagóricas, protegidos y atacados por seres míticos y a veces humanos.

Nos presenta -en su juego- a Menia, y Aramed, como figuras esenciales que se aventuran, aparecen y desaparecen, se encuentran y desencuentran, hasta desvanecerse con el sólo hecho de usar las yemas de sus dedos y posarlas en las frías teclas de la computadora.

Ellos mismos, los personajes de su libro, son héroes de ópera por inverosímiles; y juntos, o separados, nos obligan por su impacto a confesar sin compromiso nuestras aflicciones, con la autora de por medio y tras la máscara de un “clic”.

Quizás sea difícil para el lector, arraigado en un mundo de una visión terrenal que rechaza las creencias sobrenaturales (como yo), penetrar a un mundo de fantasías; sin embargo, Inés nos facilita el camino.

Desde la primera lectura, el quehacer tecnológico de Inés me atrajo, llamó mi atención el espacio que domina ella, junto con las actuales generaciones, muy alejadas de la mía. Es una especie de realismo mágico cibernético que usa, el que me condujo desde entonces a convertirme en su cómplice.

Me asocié a su mente atormentada por las dudas. Me encanta la carpintería de su escritura porque encuentra la palabra perfecta, lija y pule las oraciones, juega con la cadencia y el ritmo de frases y párrafos.

Al seguir su lectura -sin sentirlo-, nos topamos con “algo nuestro” que es muchas veces el deseo de “salir del túnel”. De ahí emerge inmediatamente “una burbuja de aire”. Inés nos conmina a “perder el tiempo”, inventa voces que penetran en nuestro propio yo, cambia nuestras necesidades, nos invita a practicar el derecho a olvidar, nos crea el hábito de tomar decisiones equivocadas, mismas que no deberían censurarse.

La computadora, y el juego que alguien inventó, la usa para plasmar su propia vida. “Aparece estática, en espera de alguna instrucción que la reintegre al mundo”. Se contesta de repente: “Fernando volvía a casa cerca de media noche, hice maletas, serví la cena y entré al mundo”.

¿Quiénes son ellos? ¿Quién es Fernando? Y, de pronto: “¡Le quitaron todo!… Las lágrimas bañan el teclado.”

Entre sus líneas se revuelven prendas de vestir zurcidas con brebajes y elixires, lingotes de oro y plata, y luego… “salgo al jardín a fumar un cigarro”.

¿Javier? ¿Quién es Javier? Por qué la invita preguntándole: “¿Te molesta que estemos en hermandades distintas?”. ¿Ruptura entre generaciones?

Inés habla de la “hermandad”, término que evoca conversaciones viejas, ésas que te llaman por tu nombre y te invitan a contar historias íntimas.

“Tailen” invita a Menia a formar parte de su hermandad. “Hermandad”, vocablo que se repite, se insiste, ¿es nuestra necesidad gregaria de pertenecer y no ser rechazado?

“La nueva hermandad da la impresión de ser muy grande, pero en realidad está compuesta por trece jugadores”. ¿Acaso cada uno de nosotros contamos con trece mejores amigos? ¿Le tememos al mundo que nos rodea?

Se cita ella sola: “No debe ser fácil jugar con tantos personajes”. No nos es fácil a nosotros tampoco, lidiar con muchos personajes.

La autora maneja magistralmente distintas situaciones simultáneas; dos mundos contrastantes, pero existentes. No sabemos en qué momento estamos en la computadora o en la vida real. No existen lo cotidiano ni lo rutinario.

Sabemos que todo joven letrado posee en estos tiempos un I Pod, una Black Berry, u otro artefacto similar que los obliga a pasar parte de su vida jugando entre lo real y lo virtual. No se sienten solos porque habitan en su mundo de “amigos” imaginarios y la captación de noticias al instante. ¡Claro! Huyen de su entorno ensimismados en el HOY. Juegan, como Inés, pero con la diferencia de que ella nos regresa inesperadamente a la realidad.

Nuestros jóvenes se ausentan, evitan la mirada directa, el sonido de la voz, la ternura de una caricia… ¡Inés, No! A mi generación, denominada por alguien como “luminosa”, nos cuesta trabajo penetrar en ese “otro mundo”. Sólo sabemos que entre ellos y nosotros se interpone solamente la tecnología.

Regresando a “Entre mundos”, la autora y yo venimos no de “Entre mundos”, sino de mundos diferentes, pero nos unimos y nos encontramos o reencontramos cuando la imaginación imagina.

Todo suceso tiene un final. Irse. Esfumarse. Despedirse. ¡No es fácil! Decir adiós nos entristece. “Inés/Menia”, nos prepara para entender cuándo es el momento exacto para salir de “su” juego.

Nos prepara y dice: “Se abre la última puerta: Ella cruza, resuelta. Encarcelas el momento.”

Y termina: “Regresé temprano a casa”.

-¿Vas a jugar?

-Hoy no -respondí-, estoy cansada.

Javier hizo un guiño. Yo fui a mi habitación… y di llave a la puerta.